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Rafa de Miguel, corresponsal de El País en el Reino Unido, analiza lo que ha supuesto la detención del expríncipe Andrés en el país británico y cómo gran parte del establishment ha aplaudido la rápida reacción del rey Carlos III, motivada por el impulso de su hijo, el príncipe (heredero) Guillermo.
Don Asensio, el hombre que lo mismo te cuenta un libro en una hora que en un minuto, ha dejado a sus empleados una carretilla para mover los libros entre los estantes. Una carretilla que le ha regalado un autor, Bruno Galindo, que ha contado la hazaña del vasco de la carretilla, un hombre que cruzó Argentina de sur a norte empujando una con todos sus enseres, 6000 kilómetros caminando y empujando. Pero el problema es que la rueda de la carretilla que ha traído Don Asensio chirría mucho, está poco engrasada y el empleado Sergio está de los nervios. No puede concentrarse para leer a Proust. Una locura
Jeffrey Epstein era un depredador sexual. Este multimillonario gestor de fondos tejió una de las mayores redes de tráfico sexual de menores de este siglo. Durante décadas utilizó su inmensa fortuna y sus conexiones con la élite política, financiera, empresarial y social del mundo para abusar de adolescentes con total impunidad. Es, sin duda, la faceta más deleznable de todo el entramado de Epstein. Pero no es la única. La desclasificación de 3,5 millones de documentos y los cargos imputados al expríncipe Andrés de Inglaterra han puesto de manifiesto que, además de un traficante sexual de menores, Epstein también era un traficante de información sensible.
Ser ucraniano ha sido el riesgo laboral más trágico, convirtiendo a su patria en el lugar más peligroso donde morir por la patria es una probabilidad diaria. Desde las guerras y hambrunas del siglo XX hasta la invasión actual, su historia es una sucesión de tragedias que hoy parecen interesar a pocos. Mientras el mundo se cansa, queda el recuerdo de aquel país que soñó con ser normal, entre colinas, ríos perezosos y un destino de cementerios.