SER Podcast
Ep. 450: 'Nadie Sabe Nada’ grabado en un ‘blue monday’. ¿Qué puede salir mal? ¿Puede quemarse el estudio Toresky porque Andreu Buenafuente no ha soplado las velas de su 60 cumpleaños? ¿Que el estado enfermizo de Berto Romero le lleve a imitar a John Cólicos a medio programa? ¿Qué las imitaciones de Jordi Cruz y el hermano de Berto se peleen por ver quién se parece más? ¿Que al hablar de lo que es estar o no desnudo se levante Andreu y haga la prueba empírica? ¿Que haciendo un especial puertas no tengamos música con qué ilustrarlo? ¿
Ep. 499: En este ‘Nadie Sabe Nada’, Andreu Buenafuente y Berto Romero certifican el final de la era del pollo y la llegada del jabalí como nuevo animal totémico del programa. ¿Conseguirá el jabalí llegar tan lejos como lo ha hecho el pollo? Entre atragantamientos, robots perseguidores y bucles temporales, Andreu intenta hacer épica mientras Berto la desactiva sistemáticamente. Se habla de setas que provocan alucinaciones liliputienses, de por qué el arte antiguo enseñaba más culos que pollas y de si el baloncesto debería jugarse en el suelo (sí, suena extraño). El podcast vive uno de sus momentos más emocionantes con la intervención de Miguel Ríos y termina en el terreno habitual: mitología nórdica, uñas gigantes y una broma que no entiende absolutamente nadie.
Ep. 498: Andreu Buenafuente y Berto Romero llegan reventados de una revisión médica tan pobre que casi habrían preferido no haber ido. Pero bueno, el ‘Nadie Sabe Nada’ hay que hacerlo igualmente, y enseguida cogen las riendas y lo tiran hacia adelante. Las llevan tan bien que, entre castañuelas de cuello que ofenden a Galicia, el descubrimiento de que las lentillas pueden mejorar la vista (pero no el criterio) y preguntas repetidas en distintos programas, acaban llevando el episodio a la cima de la absurdidad inventando la metarradio.
Ep. 497: Este ‘Nadie Sabe Nada’ tiene un inicio que no es ni falso ni un real inicio. Es el ‘peting’ de los inicios donde Andreu Buenafuente y Berto Romero hablan con el público descubriendo cuánto han tardado en poder venir a vernos en directo. A partir de ahí entramos en terrenos más delicados y pantanosos. A saber: el público que no ríe (pese a llevar años esperando este momento), los móviles como ordenadores de bolsillo, perfumes que huelen demasiado, velas con olores a biblioteca antigua, animales que desafían la gravedad... Todo esto aderezado con esa sensación que tenemos durante toda la grabación: que se nos va de las manos. Como debe de ser.