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Tenemos el deber, sin duda, de explicarnos a nosotros mismos qué ha sucedido en Valencia. Pero no hay un solo recurso en la elocuencia que pueda añadir nada sobre las torrenteras abiertas, la tierra rota por las aguas, tanta furia de la geología. Tanta muerte. El dolor nos vence así: arrebatándonos la utilidad y el consuelo de la palabra. Porque todos sabemos que a veces, como estos días en Valencia y en la Mancha, simplemente no hay consuelo.
A la misma hora que veinte pastores evangélicos se reunían con Trump y se ponían a rezar, quizás un puñado de iraníes se juntaban con su líder para rezar en dirección contraria, por decirlo así.
Estoy hablando del mesozoico, cuando en los circos había monos disfrazados de maniseros y elefantes entrenados para levantar la patita y eso no nos parecía humillante sino divertido.
El chiísmo, la rama del islam a la que pertenecen los ayatolás iraníes, cree que un descendiente de Mahoma aparecerá antes del fin del mundo para gobernar a los creyentes.