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Tenemos el deber, sin duda, de explicarnos a nosotros mismos qué ha sucedido en Valencia. Pero no hay un solo recurso en la elocuencia que pueda añadir nada sobre las torrenteras abiertas, la tierra rota por las aguas, tanta furia de la geología. Tanta muerte. El dolor nos vence así: arrebatándonos la utilidad y el consuelo de la palabra. Porque todos sabemos que a veces, como estos días en Valencia y en la Mancha, simplemente no hay consuelo.
Se trata del medio de transporte más universal para eso que llamamos genéricamente«las cosas», sin las cuales la humanidad ya se habría extinguido, lo que a lo mejor también sería una gran idea.
Soy un lobo metódico, un predador. Voy con el radar encendido a todas partes. Es un oído interno que nunca se apaga.
Leí el otro día que un juez había imputado a varios futbolistas españoles por comprar en Andorra relojes de contrabando. Relojes o portaaviones, no me quedó claro, porque costaban 100.000 euros o más.