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Tenemos el deber, sin duda, de explicarnos a nosotros mismos qué ha sucedido en Valencia. Pero no hay un solo recurso en la elocuencia que pueda añadir nada sobre las torrenteras abiertas, la tierra rota por las aguas, tanta furia de la geología. Tanta muerte. El dolor nos vence así: arrebatándonos la utilidad y el consuelo de la palabra. Porque todos sabemos que a veces, como estos días en Valencia y en la Mancha, simplemente no hay consuelo.
El periodista catalán reflexiona sobre cómo se están comportando las empresas dedicadas al transporte al subir los precios
Empezamos febrero con las vacunas puestas y llega la OMS y nos da un disgusto: los españoles ya no estamos libres de sarampión. En Washington, un chiflado nombra ministro de Sanidad a otro chiflado y, en algún rincón de España, el virus del sarampión inicia la reconquista. Yo, que confundo hipotálamo con hipopótamo y lipotimia con linotipia, estaría más cualificado que Robert Kennedy, conocido antivacunas. Sarampión: la propia palabra nos devuelve al pasado, a la España de la turista diez millones.
Los líderes políticos se han volcado este fin de semana para arropar a sus candidatos y movilizar a los votantes. Sánchez, Feijóo, Abascal y Yolanda Díaz han acudido a Aragón para confrontar sus propuestas. Casi nadie propone una idea común porque la política emocional está por encima de lo demás. Nuestros políticos ven más fácil convencer desde el miedo al adversario que desde la propuesta y la ilusión. Y quizás tengan razón, porque hoy los ciudadanos nos movemos más desde la pasión que desde la razón.